
MADAME MARCELA
Una punzada de dolor agudo en las muñecas me despertó. No podía respirar y al intentar hacerlo, un sabor amargo, penetrante y deleznable invadió mi boca. Estaba confundido y extraviado. Había abierto los ojos y, sin embargo, las sombras continuaban envolviéndome. No podía saber de ninguna manera qué hora era, a penas podía moverme en un espacio reducido, en donde el oxígeno escaseaba de forma pavorosa. El sudor bañaba mi



















